Hace unos siete años iniciamos el camino sistemático de la formación de Carla. No tuvimos mayores problemas. El primer día de sala de tres hubo que sacarla a rastras de la salita. Quería quedarse. La primer semana fue sin sobresaltos. A la semana siguiente una compañera la paró en seco, le saco el vaso de agua y a partir de alli peregrinamos todo ese año en el desierto. Pero al final lo logramos. El sistema educativo la había integrado. Y a nosotros, sus papis....
El paso de los años nos hizo pensar que no ibamos a volver a pasar por dicha experiencia. Pero extrañábamos tanto el sentarnos en esas hermosas y cómodas sillas petisas que decidimos tener otro hijo. Y así llegó Felipe.
Felipe aun no cumplió dos años, pero como somos padres responsables, después de atravesar el maravilloso sistema de inscripción on line, hablar varias veces por teléfono con el ministro (pensamos que eramos privilegiados porque nos atendía por teléfono, pero después descubrimos que el muy promiscuo le daba el fono a casi todos, parece que tenía muchos incendios que apagar mi tocayo), hace tan solo una semana nos confirmaron la vacante en el mismo colegio en el que carla hizo todo el Jardín. Allí nos encontramos con algunas maestras que conocían a Carla y no tenían la menor idea de que tenía un nuevo hermano. Pobres, esperan encontrarse en algún momento con un digno hermano de ella. Pero parece que el ADN falló. Carla entró al jardín con tres años escribiendo y leyendo. Una de sus maestras la usaba como caso de estudio para uno de los talleres por puntaje que estaba haciendo. Felipe es distinto. No sabemos si lee (hojea las revistas y mira cada letra y las contornea como si fuera Einstein o, al menos, Steve Jobs creando una nueva fuente para la MAC) o si nos está tomando a todos el pelo.
Hoy iniciamos la integración, junto a otros 43 chicos de dos años..., sus respectivos padres y cuatro maestras. Allí estábamos. Por ahora no hay sillas, todos al piso..., cantando y aplaudiendo. Bueno, todos no. Los chicos deambulan por el patio sin darle mucha bola a nadie.
Tuvimos una actividad. No la entendí muy bien, aunque me parece que nos están enseñando a hacer una molotov (los maestros ya no saben como protestar...): Tomese una botellita de plástico de medio litro e inserte por su boca (de la botellita) una tira de papel crepe. Después, en su casa, llenela de agua y vea que se preduce. Así empezamos. Si reemplazamos la botellita descartable por una cindor de vidrio, una buena mecha de algodón y el agua por alcohol o vodka, en un par de años los pequeños trotskitos salen a tomar las calles...
Lo importante, entre los pocos que no lloraron estuvo Feli. Deambuló como todos, acosó a un par de nenas y, también, a algún padre.
Veremos que pasa el lunes. Con Integración día 2. Sospechamos que las muy ladinas de las maestras nos tienen preparada una sorpresa muy desagradable: En algún momento nos harán sentar nuevamente sobre esas pequeñas sillas de tortura.
viernes, 7 de marzo de 2014
lunes, 3 de marzo de 2014
Ana
Hay un momento en que cada uno de nosotros toma un determinado rumbo en la vida. Las circunstancias influyen de tal manera que todo lo que hagamos a partir de ahí, está condicionado por un hecho que lo marca para siempre.
En mi caso ese momento sucedió el 1 de marzo de 1979. Hace treinta y cinco años. Ese día, de madrugada, murió Ana, mi tía. Leucemia fulminante diagnosticada en Rio de Janeiro y traslado directo al Lanarí. En una semana se la llevo la enfermedad.
Tengo vagos recuerdos de esa semana, los de un chico de tan solo diez años que trata de leer los ocultamientos de la realidad en la vieja casa de mi abuela. Una realidad muy presente pero que había que ocultar, sobre todo, a Rafaela y a mi. Como en el cuento de Cortazar, La salud de los enfermos, el problema de como decir las cosas cuando sucedieran.
Esos recuerdos incluyen la comparación. "Mamá, la tía tiene algo pero que lo de Marta?" (en diciembre, otra tía había estado internada, como usualmente, ya que esta nos va a enterrar a todos nosotros). Al principio era un "no" tajante la respuesta. Con los días se fue haciendo cada vez más real el "Si". Era cuestión de ir preparandonos. Y no es cosa que en casa se le huyera a la muerte. Cada seis o siete meses, la parca se llevaba a alguno. Bromeábamos que teníamos un acuerdo con casa Lemba: "Che, corré el muerto de la sala A que están mandando uno los turcos". Eramos clientes, casi vip.
La cuestión era mi abuela, había perdido a su marido unos meses antes, y dos hijos apenas nacidos mellizos (en una época que se tenían muchos hijos porque no todos sobrevivían).
Hasta el último día se lo ocultaron. Hasta el último día cocino la comida para llevar a Ana, ya que una mujer de su estilo (el de Ana, una de las primeras impulsoras de las boutiques de alta costura en Argentina, donde se inició Elsa Serrano) no podía comer "esa comida de hospital". Yo la llevaba, por Campillo derecho, hasta la entrada del Lanari. Así, además, veía un rato a mi tía.
Mi tía. Probablemente la mujer más preparada de mi familia. De armas llevar. De chica, jugando al hokey en un partido bravo, para Comunicaciones, le partió el palo en la cabeza a un rival. El resultado: 99 años de suspensión.
La persona que me inició en la lectura. Estaba obsesionada con que leyera a Kipling. Raro, ella era una militante de la causa árabe y quería que leyera al principal autor colonialista inglés. Lo logró a medias, con una adaptación en historietas de El libro de la Selva.
Unos meses antes me había chantajeado. Si no le ponés ese nombre a tu hermana (no le gustaba el que había elegido), te regalo diez libros. Digamos que no me resistí mucho, pero mi viejo me cagó y le puso el primer nombre que habíamos elegido. Obviamente, jamás me compró esos libros. Era dura. Muy.
Nunca supo que se moría, en esos años las cosas eran así.
No fui al velorio, pero si unos días después al cementerio. Tengo en mi la imagen de mi abuela desgarrada llorando en una tumba todavía terrosa e hinchada.
Ese día cambió mi vida. Nos fuimos todos a vivir de Rafaela. No podíamos dejarla sola. Incluso mi tío, reciente viudo, se instaló en Campillo. A partir de ahí, todo lo que vino después está asociado a esa mudanza. Es como en el libro de Stephen King, 22/11/63. Hay un hecho que condiciona todo el resto de la vida de las personas. Si cambias ese hecho, todo va a cambiar.
Hace treinta y cinco años se repite el mismo ritual. A la mañana, comprar Clarin. Ojearlo y llegar a la página de obituarios. Corroborar el aviso (desde hace unos once años, justo encima de los recordatorios de Tito Lecture). A media mañana llamará Alba para preguntar "¿salió?".
En mi caso ese momento sucedió el 1 de marzo de 1979. Hace treinta y cinco años. Ese día, de madrugada, murió Ana, mi tía. Leucemia fulminante diagnosticada en Rio de Janeiro y traslado directo al Lanarí. En una semana se la llevo la enfermedad.
Tengo vagos recuerdos de esa semana, los de un chico de tan solo diez años que trata de leer los ocultamientos de la realidad en la vieja casa de mi abuela. Una realidad muy presente pero que había que ocultar, sobre todo, a Rafaela y a mi. Como en el cuento de Cortazar, La salud de los enfermos, el problema de como decir las cosas cuando sucedieran.
Esos recuerdos incluyen la comparación. "Mamá, la tía tiene algo pero que lo de Marta?" (en diciembre, otra tía había estado internada, como usualmente, ya que esta nos va a enterrar a todos nosotros). Al principio era un "no" tajante la respuesta. Con los días se fue haciendo cada vez más real el "Si". Era cuestión de ir preparandonos. Y no es cosa que en casa se le huyera a la muerte. Cada seis o siete meses, la parca se llevaba a alguno. Bromeábamos que teníamos un acuerdo con casa Lemba: "Che, corré el muerto de la sala A que están mandando uno los turcos". Eramos clientes, casi vip.
La cuestión era mi abuela, había perdido a su marido unos meses antes, y dos hijos apenas nacidos mellizos (en una época que se tenían muchos hijos porque no todos sobrevivían).
Hasta el último día se lo ocultaron. Hasta el último día cocino la comida para llevar a Ana, ya que una mujer de su estilo (el de Ana, una de las primeras impulsoras de las boutiques de alta costura en Argentina, donde se inició Elsa Serrano) no podía comer "esa comida de hospital". Yo la llevaba, por Campillo derecho, hasta la entrada del Lanari. Así, además, veía un rato a mi tía.
Mi tía. Probablemente la mujer más preparada de mi familia. De armas llevar. De chica, jugando al hokey en un partido bravo, para Comunicaciones, le partió el palo en la cabeza a un rival. El resultado: 99 años de suspensión.
La persona que me inició en la lectura. Estaba obsesionada con que leyera a Kipling. Raro, ella era una militante de la causa árabe y quería que leyera al principal autor colonialista inglés. Lo logró a medias, con una adaptación en historietas de El libro de la Selva.
Unos meses antes me había chantajeado. Si no le ponés ese nombre a tu hermana (no le gustaba el que había elegido), te regalo diez libros. Digamos que no me resistí mucho, pero mi viejo me cagó y le puso el primer nombre que habíamos elegido. Obviamente, jamás me compró esos libros. Era dura. Muy.
Nunca supo que se moría, en esos años las cosas eran así.
No fui al velorio, pero si unos días después al cementerio. Tengo en mi la imagen de mi abuela desgarrada llorando en una tumba todavía terrosa e hinchada.
Ese día cambió mi vida. Nos fuimos todos a vivir de Rafaela. No podíamos dejarla sola. Incluso mi tío, reciente viudo, se instaló en Campillo. A partir de ahí, todo lo que vino después está asociado a esa mudanza. Es como en el libro de Stephen King, 22/11/63. Hay un hecho que condiciona todo el resto de la vida de las personas. Si cambias ese hecho, todo va a cambiar.
Hace treinta y cinco años se repite el mismo ritual. A la mañana, comprar Clarin. Ojearlo y llegar a la página de obituarios. Corroborar el aviso (desde hace unos once años, justo encima de los recordatorios de Tito Lecture). A media mañana llamará Alba para preguntar "¿salió?".
domingo, 23 de febrero de 2014
Mundo Loco II: Yo vi a Hitler en Bariloche.
Duro el título, ¿no? Sobre todo teniendo en cuenta que las teorías conspirativas están a la orden del día, y la reciente viralización que se hizo sobre que uno de los supuestos apellidos que usó el asesino nazi en su ocultamiento patagónico es Kirchner.
Me gustan las teorías conspirativas en tanto tengamos en cuenta que son solo eso, teorías. Es divertido doblar el billete de 100 dolares y ver como explotan las torres gemelas. Pero de ahí a tomarlas como verdad científica hay un largo trecho.
Pero vamos a los hechos (mientras que el suplemento Turismo de Clarín no publique alguna de mis anédotas, seguirán sufriéndolas por aquí).
Era enero de 1993. Terminada la gestión en la FUBA, con mi amigo Marcelo decidimos hacer un viaje de Turismo aventura por una empresa que se llamaba By Club, que proveía servicios a la Federación. Lo de Turismo aventura era solo en los hechos, ya que parábamos en un hotel a todo culo en el centro de Bariloche. Entre las peligrosas excurciones propuestas, una era bien culinaria. Salida temprano del hotel, parada en una granja de frutas finas y final en El Bolsón.
Arrancamos muuuy temprano, comiendo tortas fritas en un chiringundín de la ruta. Aún hoy me acuerdo que estaban buenísimas. Cerca del mediodía, llegamos a la granja de frutas finas. Ahí nos explicaron como se cosechaban las frutillas, cerezas, guindas, fresas, moras y todo lo que se les ocurra. Bien hippie todo. Lo mejor vino después. Un par de corderitos nos esperaban asandose y regados en salmuera. La previa, una gigantesca bandeja de achuras.
Creo que nunca comí tanto en mi vida. Todo el resto de los excursionistas miraban como Marcelo y yo nos acercábamos cada diez minutos a los pobres animales para marcar que parte ibamos a seguir comiendo. Creo que nos bajamos un cordero los dos solos. Al final, el parrillero quizo conocernos, habíamos sido sus mejores comenzales.
Y ahí estaba, petiso, no más de 1.50 de altura, unos noventa años y un bigotito que no podía confundir a nadie. Si no era Chaplin, era Hitler. Claro, la edad, por suerte, no dá. Hitler hubiese cumplido 104 años (como Majiclic) en 1993. Pero el parecido del paisano era atróz. Claro que hay fotos (pero vamos a proteger la identidad del susodicho, además están guardadas y me da fiaca buscarlas).
El camino siguió, llegamos al Bolsón y no encontramos ya hippies, creo que se habían ido aburgesando desde un par de décadas antes.
Me gustan las teorías conspirativas en tanto tengamos en cuenta que son solo eso, teorías. Es divertido doblar el billete de 100 dolares y ver como explotan las torres gemelas. Pero de ahí a tomarlas como verdad científica hay un largo trecho.
Pero vamos a los hechos (mientras que el suplemento Turismo de Clarín no publique alguna de mis anédotas, seguirán sufriéndolas por aquí).
Era enero de 1993. Terminada la gestión en la FUBA, con mi amigo Marcelo decidimos hacer un viaje de Turismo aventura por una empresa que se llamaba By Club, que proveía servicios a la Federación. Lo de Turismo aventura era solo en los hechos, ya que parábamos en un hotel a todo culo en el centro de Bariloche. Entre las peligrosas excurciones propuestas, una era bien culinaria. Salida temprano del hotel, parada en una granja de frutas finas y final en El Bolsón.
Arrancamos muuuy temprano, comiendo tortas fritas en un chiringundín de la ruta. Aún hoy me acuerdo que estaban buenísimas. Cerca del mediodía, llegamos a la granja de frutas finas. Ahí nos explicaron como se cosechaban las frutillas, cerezas, guindas, fresas, moras y todo lo que se les ocurra. Bien hippie todo. Lo mejor vino después. Un par de corderitos nos esperaban asandose y regados en salmuera. La previa, una gigantesca bandeja de achuras.
Creo que nunca comí tanto en mi vida. Todo el resto de los excursionistas miraban como Marcelo y yo nos acercábamos cada diez minutos a los pobres animales para marcar que parte ibamos a seguir comiendo. Creo que nos bajamos un cordero los dos solos. Al final, el parrillero quizo conocernos, habíamos sido sus mejores comenzales.
Y ahí estaba, petiso, no más de 1.50 de altura, unos noventa años y un bigotito que no podía confundir a nadie. Si no era Chaplin, era Hitler. Claro, la edad, por suerte, no dá. Hitler hubiese cumplido 104 años (como Majiclic) en 1993. Pero el parecido del paisano era atróz. Claro que hay fotos (pero vamos a proteger la identidad del susodicho, además están guardadas y me da fiaca buscarlas).
El camino siguió, llegamos al Bolsón y no encontramos ya hippies, creo que se habían ido aburgesando desde un par de décadas antes.
viernes, 21 de febrero de 2014
A proposito de "La Tortilla" y los dialogos con pajaritos.
Creo que el bando republicano nunca tuvo posibilidades de ganar la Guerra Civil Española. Un conflicto que durante la década del treinta se planteó en terminos de uno de los mayores desastres europeos, preludio de la Segunda Guerra Mundial.
Sobre todo teniendo en cuenta no solo las divisiones existentes entre los distintos partidos políticos (PS, PC, POUM, Anarquistas, Republicanos, etc.) con una agenda propia por cada facción, que iba desde la revolución lisa y llana hasta la más moderada instalación de una república liberal o la instalación, en algunas comunas, de una única, verdadera y fracasada experiencia anarquista.
Del otro lado, un ejercito profesional, entrenado en las colonias africanas y con liderazgos probados y fuertes que, tempranamente y por accidentes o acciones del propio conflicto, se unificó alrededor del futuro dictador Francisco Franco. La inteligencia de este fue justamente apostar aun conflicto prolongado, que le permitió llevar una partida de billar a dos puntas: por un lado, ir eliminando cualquier foco de resistencia republicana, dejando para el final (como en el TEG) la ficha más importante (Madrid) y a la vez, sacarse de encima cualquier foco de competencia en su propio bando, eliminando incluso a los partidarios de la otrora poderosa falange.
Los conflictos intrarepublicanos se moderaron, casualmente, con la intervención exgranjera, la llegada de los "asesores" de la ascendente URSS. A partir de ello, el sector republicano y los más izquierdistas del POUM vieron sellados su suerte (y reprimidos con mas ferocidad, en algunos casos, que la que infligieran las tropas de derecha). Y con ello el conflicto asumió otras dimensiones internacionalistas, ya que también el ascendente nazismo alemán tuvo algo que decir.
No se si son ciertas, probablemente no, las imágenes de la oposición venezolana mostrando el desembarco de soldados cubanos en Venezuela. De serlo, no solo serían una escalada inédita en un país que demostró, durante el siglo XX ser una democracia viable (hasta la irrupción de Chávez, con su intento de golpe de estado en 1992), sino tambiá la asombrosa confirmación de la tal vez más lúcida frase marxista: la de la tragedia y la comedia. Una bananización más a la que nos tienen acostumbrado nuestros líderes políticos de estas dos décadas del tercer milenio.
Sobre todo teniendo en cuenta no solo las divisiones existentes entre los distintos partidos políticos (PS, PC, POUM, Anarquistas, Republicanos, etc.) con una agenda propia por cada facción, que iba desde la revolución lisa y llana hasta la más moderada instalación de una república liberal o la instalación, en algunas comunas, de una única, verdadera y fracasada experiencia anarquista.
Del otro lado, un ejercito profesional, entrenado en las colonias africanas y con liderazgos probados y fuertes que, tempranamente y por accidentes o acciones del propio conflicto, se unificó alrededor del futuro dictador Francisco Franco. La inteligencia de este fue justamente apostar aun conflicto prolongado, que le permitió llevar una partida de billar a dos puntas: por un lado, ir eliminando cualquier foco de resistencia republicana, dejando para el final (como en el TEG) la ficha más importante (Madrid) y a la vez, sacarse de encima cualquier foco de competencia en su propio bando, eliminando incluso a los partidarios de la otrora poderosa falange.
Los conflictos intrarepublicanos se moderaron, casualmente, con la intervención exgranjera, la llegada de los "asesores" de la ascendente URSS. A partir de ello, el sector republicano y los más izquierdistas del POUM vieron sellados su suerte (y reprimidos con mas ferocidad, en algunos casos, que la que infligieran las tropas de derecha). Y con ello el conflicto asumió otras dimensiones internacionalistas, ya que también el ascendente nazismo alemán tuvo algo que decir.
No se si son ciertas, probablemente no, las imágenes de la oposición venezolana mostrando el desembarco de soldados cubanos en Venezuela. De serlo, no solo serían una escalada inédita en un país que demostró, durante el siglo XX ser una democracia viable (hasta la irrupción de Chávez, con su intento de golpe de estado en 1992), sino tambiá la asombrosa confirmación de la tal vez más lúcida frase marxista: la de la tragedia y la comedia. Una bananización más a la que nos tienen acostumbrado nuestros líderes políticos de estas dos décadas del tercer milenio.
martes, 18 de febrero de 2014
¿Cómo convertirse en un autor de libros de autoayuda?
(Este post fue columna en Radio UBA, en 2012).
Esta columna es distinta, es un decálogo para futuros
autores. Hoy queremos brindar un servicio a todos aquellos que quieran
dedicarse al mundo de la literatura en un género exitoso: Los libros de autoayuda.
Hay libros de autoayuda para todos los gustos, para personas
que están pasando por momentos negativos y para personas claramente positivas,
incluso para aquellos que siempre son positivos….., si, esos que nunca nos
bancamos. También hay libros de este estilo para gerentes…., bueno, casi todos
los libros que intentan reflejar como ser exitoso en una empresa (o hacerse
rico en cinco minutos) son en definitiva lo que llamaremos libros de autoayuda
para gerentes.
Pero no nos vayamos por las ramas. Vamos a este decálogo, o
en realidad este ayuda memoria para hacer mejor su vida.
- Lo ideal es que ud. haya pasado por una situación límite, una enfermedad incurable que se curó milagrosamente. O una no tan incurable pero a la que le dio batalla. Mejor aún es haber sobrevivido a una tragedia (no vale usar el avión que se cayó o quedar enterrado en una mina (eso ya lo usaron, exitosamente….).
- Hable con palabras sencillas, muuuuy sencillas. La idea no es convertirse en el próximo Nobel de literatura, sinó hacer mucha plata con los derechos de autor.
- Plagie….., otros ya lo hicieron y nadie les reprochó nada. Con ello puede llegar a completar un par de capítulos de su libro.
- Junte un par de fábulas populares, una vez que las tenga, adelante, hagales un giro literario, simule profundidad en lo que cuenta, diga que son historias reales y con eso ya cubrió otro par de capítulos del libro.
- Cuente un par de historias personales. Sobre todo alguna que tenga que ver con la perdida en un desierto (vale algún medano de Pinamar o Villa Gesell), o el ascenso a una montaña. Ahora que lo pensamos bien, el ascenso a la montaña es ideal. En seguida, si su lector es una persona religiosa, lo va a asociar al camino de Jesús en el desierto, o a Moises buscando las tablas sagradas o a Mahoma camino a la Meca. Si el lector no es creyente, simplemente lo asociará al sacrificio de caminar y caminar y caminar, o ascender, ascender y ascender.
- Ayuda, y mucho, agregar un par de dibujos. Pero ojo, el secreto es que sean dibujos sencillos, de trazo fino, ambiguos a la vez, y por sobre todas las cosas, que se puedan autoadjudicar al autor del libro.
- En todo momento refleje optimismo, incluso cuando esté contando sobre el momento en que se encontró atrapado en el fondo del mar (ya que no podemos usar el avión o la mina, usemos el barco que se hundió, al estilo Poseidón), en una bolsa de aire que se formó en la tercera cubierta del Crucero, durante días comiendo peces crudos por ud. pescados con la mano (nadie va a saber que en realidad justo estaba en la cocina del barco y sobrevivió gracias a que había comida en la heladera). Hasta en ese momento, poco antes que lo rescataran los buzos, Ud. fue optimista. Eso es lo importante, reflejar el optimismo.
- También es bueno si en el medio de su historia ud. encuentra sin querer, y de improviso, el amor. El amor genuino, puro, asexuado. Con ese tema ya tenemos otro capítulo dentro. No olvide dedicar el libre a ese o esa persona que le permitirá redimirse en el ámbito amoroso.
- Cuente alguna historia que tenga que ver con abrir multiples puertas que se le presentan ante ud. Describa la secuencia como si estuviese en un gran salón y lo rodean decenas de puertas y tiene que elegir una, esa que lo llevará por la senda de la felicidad. Sea lo suficientemente metafórico en ese sentido, ya que según la puerta que abra, su lector se sentirá reflejado en la lectura. Esa es la clave, que el lector se identifique con lo que lee.
- Termine el libro con alguna frase lo suficientemente ambigua como para que todos se sientan reflejados en la misma, que todos digan esto es lo que me pasó a mi. Pero a la vez, siembre interrogantes, no se olvide que los mismos son el disparador para el próximo libro de autoayuda que escribirá.
jueves, 23 de enero de 2014
Con La Tablada no tengo nada que ver
No recuerdo muy bien que estaba haciendo esa mañana.
Al fin de cuentas, pasaron exactamente 25 años. Lo que se recuerdo es que, paradójicamente,
me generó más angustia que las asonadas militares de Rico y Seineldín (y eso
que tuvimos una muy grosa en diciembre del 88, con orden de agarrar el
pasaporte por las dudas y posteriores y fuertes pases de factura en la agrupación
porque no todos habían estado en el Congreso).
Si fuese psicoanalista o me hubiese analizado alguna
vez, trataría de dar una respuesta a esa angustia. Pero siempre me plantee, en
ese sentido, una respuesta sencilla. O más bien, una pregunta, ¿qué corno hace
que pibes de mi misma edad piensen que pueden hacer frente a hombres entrenados
y asignados para ejercer el monopolio violento legitimado por el Estado? Pongamos
que estamos en una tiranía o gobierno autoritario. Tal vez hasta esté
justificado el sacrificio individual y colectivo. Pero ese día transitábamos un
gobierno legítimamente democrático. Es más, el intento democrático anterior
(1973-1976) y este iniciado en 1983 se podían igualar en un solo aspecto, ambos
fueron experiencias únicas (hasta ese momento) sin proscripciones.
Pero allá fueron 80 tarados a “impedir” (argumento
falaz y capsioso) que los carapintadas tomaran el poder. En realidad, a buscar
tomar el poder, alimentados por los argumentos desquiciados de un tipo nefasto:
Gorriarán Merlo (cabe aclarar que su propia orga militarizada lo había
degradado oportunamente por inútil). Y estos fueron al muere. Incluso uno de
los imbéciles llevó a su hijo menor. Y entraron al cuartel. Donde lo primero
que encontraron fueron colimbas haciendo la guardia (no se, tal vez eran tan
ingenuos que pensaron que un general iba a estar haciendo guardia). Los
subnormales estos pensaron que la entelequia “pueblo” iba a acompañarlos. Graciosamente
atroz, el Pepe pensaba lo mismo en el 83, que volvía, en Ezeiza lo esperaban
las masas que lo llevarían en andas hasta la Casa Rosada para cogobernar con
Alfonsín.
Si fue una operación de inteligencia o les habían
puesto una trampa, no lo se ni se sabrá nunca. No me toca ese análisis. Si lo
fue, se supone que entre estos nuevos imberbes había tipos políticamente
experimentados (se supone, hoy creo que todos estarían hablando huevadas en el
panel de 678).
La historia es conocida, los milicos defendieron el
cuartel, mataron unos cuantos y habrían chupado un par. Gorriaran huyó, con el
apoyo de los pocos compas que “comprendieron que todo estaba perdido pero había
que salvar la conducción” y apareció años después. Los sobrevivientes fueron
presos y algunos terminaron su condena en España (en uso de tratados de
extradición por doble ciudadanía), en algún momento de los noventa agarraron de
las pestañas a Gorriarán que también, esta vez, fue preso. Algunos políticos
aprovecharon que un par de los caídos tenían lazos familiares con dirigentes
radicales para meter a la Franja y a la Coordinadora en la volteada. Incluso un
ex presidente democrático cometió una de las últimas infamias de su vida, con esta
acusación. Y más de uno quemó agendas donde podía haber un teléfono o nombre comprometedor
(yo lo hice borrando el de un mediocre profesor de FSOC, el primero en abrirse
de gambas y mirar para otro lado).
Años después, en un exitoso programa de TV, un
activista increpó a un De La Rua incomodo sobre “la huelga de hambre que
estaban haciendo los pibes y que se estaban muriendo (supongo que de hambre)”. El
mareado ex presidente no supo que hacer. Y terminó salvado por el Oso Arturo
(El de Tinelli, no el del Zoo de Mendoza). Tal vez, tal vez, la historia
hubiese sido otra si Chupete hubiese respondido: “Que se jodan, por haber
atentado contra la democracia”. A veces, eso cuanta como un gesto de autoridad
que De La Rúa estaba perdiendo.
sábado, 11 de enero de 2014
Los setenta fueron una mierda.
Vamos a
decirlo directo desde el principio: los años setenta fueron una mierda. No hay
nada que reivindicar. Ni la política ni la economía. En el plano económico,
arrancamos con el final de las políticas corporativas y desarrollistas llevadas
adelante por Onganía, para pasar a experimentar con un populismo a la argentina
de Gelbard, un ajuste feroz de Rodrigo, el liberalismo a ultranza de Martínez de
Hoz, populismo a la Viola y de nuevo ajuste a lo Alemann. Todo eso en la
friolera de tan solo diez u once años. Al menos, desde el retorno a la
democracia los planes económicos, empezando por el Austral, duran un par de
años más. Incluso el “modelo” actual.
Pero lo que
me interesa es detenerme un instante en la cuestión política. Al final de La Voluntad, uno de los protagonistas
(actualmente funcionario público) dice algo así como “no entendíamos la
democracia como modo de resolver problemas”. A confesión de parte…, es decir,
les interesaba poco o nada la democracia. Creían en esa entente indefinida
denominada “revolución”. Pasan los años y me pregunto, que es la “revolución”.
Nadie lo sabe explicar. Es la revolución del año 1910 en México, que derivó en
setenta años de gobiernos priistas? O es la revolución rusa, que mantuvo toda
la burocracia zarista y los mandos militares y diplomáticos, casi un golpe de
estado al uso moderno. Tal vez sea la revolución cubana, donde cincuenta años
después sigue gobernando la familia Castro, casi una monarquía revolucionaria
(ya que estamos, podrían aclararme en este ejemplo cual es la diferencia con la
revolución que llevó adelante en España Francisco Franco?).
Hace un par
de años, con motivo de la toma de una facultad nacional, off the record un periodista comentó “nosotros matábamos gente, no
se quejen de los chicos”. Frase esta dirigida a funcionarios de la facultad
protagonistas de los setenta y que no podían (o no sabían) resolver el
conflicto. Suena irónico, pero era así. Ellos mataban gente. De un lado y del
otro. Algo totalmente asumido y naturalizado.
Ahora bien,
esta locura atravesó todos los ámbitos sociales. Escritores que donaban sus
derechos de autor a las orgas revolucionarias. Poetas que grababan manifiestos
revolucionarios en discos clandestinos. Cantantes que escribían canciones
revolucionarias o escondían el producto de los secuestros en los primeros
paraísos fiscales.
Visto a la
distancia, cuarenta años después, una lectura objetiva no nos debería dar más
que un balance negativo de esos años. Pero no. No es lo que sucede. Y en esto
no creo que sea (única) responsabilidad de las actuales políticas
reivindicativas (en términos académicos “de la memoria”) por parte del
gobierno. Creo que el problema es más profundo aún.
Existe, sobre todo en la progresía cultural, un complejo de culpa sobre los ochenta. Es decir, sobre el triunfo de Alfonsín. La mayor parte de estos sectores parten de una base que podría ser: “que bueno que ganó Alfonsín, pero que lastima que perdió el peronismo”. Es algo que se viene observando desde, al menos, el año 1985, cuando estos sectores culturales empiezan a alejarse del primigenio alfonsinismo, para dar el salto final después del nunca reivindicado (por el partido radical, sobre todo) “felices pascuas” de Alfonsín cuando resuelve el intento de asonada militar de Aldo Rico (un dato interesante, el propio Aldo Rico termina hablando bien de Alfonsín en la biografía recientemente editada del líder radical).
Es decir,
esta progresía cultural, en su afán de despegarse de la teoría de los dos
demonios, termina recreando una nueva dicotomía: de un lado el terrorismo de
Estado, del otro la tibieza radical, y en el medio los sectores “populares” y
sus líderes que solo buscan la felicidad del pueblo.
Lo
interesante de todo esto es que sectores que viven criticando la obediencia
debida, el punto final y los “30 muertos” de De la Rúa, jamás han hecho una
autocrítica de su propia responsabilidad durante esos años. No pretendo que
personajes nefastos como Firmenich o Perdía lo hagan. Me refiero a aquellos que
desde un lugar de superficie dieron un guiño a esquemas mesiánicos y
militarizados.
Esta falta
de autocrítica por dichos sectores, sumada a la desangelización que se hace
desde la actualidad de los protagonistas de dicha etapa (los chicos solo pedían
un boleto estudiantil, los compañeros de Trelew enfrentaban una requisa, Walsh
era un buen escritor y el mejor periodista, etc.) que daría vergüenza a los
propios actores de esa época, hace que nos encontremos en la situación actual,
donde un pibe cuyo único acto militante (valido, por cierto) es tomar un
colegio, cree que es la viva reencarnación del Che Guevara.
Es momento
de empezar a poner los hechos en su lugar, aunque no es siquiera novedoso. La
obra canónica sobre la época (de nuevo, La
Voluntad) ya lo planteaba
descarnadamente.
En general,
cuando hablo con militantes políticos de la etapa que no participaron de alguna
organización guerrillera (como el ERP o Montoneros) coinciden en una
categorización sobre los protagonistas y los definen con palabras tales como “mesiánicos”
o la menos políticamente correcta frase de “eran unos hijos de puta,
militarizados peor que los milicos”.
En fin, que
los setenta fueron una mierda. Que es hora (como lo hace Birmajer en Clarín del 11 de enero de 2014) de
reivindicar el Felices Pascuas, porque en definitiva era la demostración de que la democracia si servía para resolver problemas (o como más
académicamente suele definir un conocido politólogo, las elecciones sirven para
rutinizar en el conflicto político).
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