Julio Cortázar dio clases de literatura en el Colegio Normal
de Chivilcoy. Dicen los que lo recuerdan que como era tan alto se apoyaba en
las ventanas grandes de esos viejos colegios y desde ahí, con pose de porteño
canchero, hablaría de Poe o de la literatura española (calculo que no podría
salirse mucho de los planes de estudio que entonces dictaminaban enseñar La
celestina, El lazarillo de Tormes o La vida es sueño.
No solemos ir muy seguido a Chivilcoy, pese a que Paula es
de allá. Una vez cada cuatro años es suficiente. La última vez fue hace cuatro
años y unos meses. Pero esta ocasión lo ameritaba por razones de índole
familiar. Además sería la primera vez que Feli pisaría los pagos de su mamá y
también la primera que iríamos con el coche.
Calculamos ir y venir en el día, ya que al ser domingo de
fin de semana largo no tendríamos (pensamos) mucho tráfico. El viaje de ida fue
tranquilo, salimos temprano y hasta tuvimos la suerte que casi no nos cobraron
peaje (por como están las rutas nos tendrían que pagar por transitarlas, no al
revés). Llegamos a las doce, minuto más, minuto menos. El tiempo que nos
habíamos propuesto y el que marca google maps como el indicado.
Hasta ahí todo ok. Nos aprovisionamos en casa de mis suegros de la correspondiente provisión de salames,
quesos y chorizos secos y partimos a lo de mi cuñado a comer el prescripto
asado dominguero.
Como nuestra intención era volver en el día, salimos
temprano de vuelta. Exactamente a las 17.45 estábamos agarrando la ruta y
partiendo de los pagos de Floppy Randazzo (Hace varios años que nos dicen lo
que estaba creciendo Chivilcoy gracias a la combinación de cumpas amigos de
Néstor y de ser la ciudad del ministro maquinista del interior, la verdad no vi
nada diferente a lo que veo desde hace diez años).
En cuarenta y cinco minutos, como manda Google Maps,
viajando a no más de 100 km por hora, superábamos la ciudad de Mercedes. Y aquí
comenzó la pesadilla. Como si el espíritu de Cortázar se apropiara de la ruta
para reescribir uno de sus fabulosos cuentos, La Autopista del Sur bien podría
haber sido ayer La Autopista del Oeste. Yo temía tener problemas, pero al
ingresar a nuestra ciudad, ahí donde atiende Dios, en Buenos Aires. Hasta me
hubiese parecido lógico.
Pero desde Mercedes hasta un poco después del puente viejo
de Luján le pusimos ¡tres horas! Una verdadera pesadilla. En ese trayecto
elucubramos toda una serie de posibilidades de lo que estaba pasando, desde el
utópico “deben estar arreglando un tramo de ruta y mandan los coches por tramo”,
pasando por el “accidente” (que según mi suegro por teléfono ubico en
Ciudadela), el muy probable “los de Pirelli, Donneley Hermanos (o sons), Lear o
cualquier otra fábrica tomada por troskilandia están cortando la ruta” o el
descabellado “están velando a Mastellone en la planta de La Serenísima y todos
los camiones cisterna de traslado de leche lo están homenajeando”. Las hipótesis
eran muchas. De todo tipo. Felipe dormía de a ratos y de a ratos lloraba. Carla
controlaba (bastante bien) su sinetosis y Paula manejaba. Tres horas. Los
coches pasaban por la banquina haciendo peor el cuello de botella. Ningún
patrullero que pusiera un poco de orden (me imagino que estarían controlando
algún barrio del conurbano, pero cuando hoy lo vi a Roberto Piazza a las
puteadas porque le habían afanado por enésima vez me di cuenta que no era el
caso).
Así, después de dos horas, llegamos a la rotonda de Luján.
Al costado de la ruta, en el parador clásico, se apiñaban varias decenas de
autos. Muchos tomaban mate o cerveza en el capó. Como nuestra velocidad seguía
siendo paso de tortuga Casanello, le pregunté a uno de los paisanos que pasaba.
Esperaba me dijese un súper accidente donde viésemos los chinchulines
diseminados por la ruta y yo avisándole a Carla que no mirase para que no
tuviese pesadillas después. El hombre, casi sin mirar, me dice solo cuatro
palabras “Tráfico de fin de semana” y siguió dándole a la bombilla.
Una hora más después salíamos del atolladero y nos metíamos
en la autopista del oeste. Tiempo final del viaje, cinco horas clavadas. Ni un
minuto más, ni un minuto menos.
Tráfico de fin de semana que yo, sin entender un pito de
rutas y accesos e ingeniería del transporte, me di cuenta que se centraliza en
un terrible embudo que se hace en los alrededores de Luján. Es decir, si algún
gobernador con medio dedo de frente hace un camino de circunvalación a la
ciudad con tres carrilles por mano, soluciona el problema. Pero evidentemente
los gobernadores de los últimos treinta años estuvieron en otra cosa.
Muchachos, ese acceso tiene tanto tráfico como la ruta dos en el verano. No es difícil darse cuenta. Y el problema es todos los fines de semana, no solo en verano. ¿Qué tal si resolvemos el problema?, miren que un día la gente se va a avivar y va a dejar de votar al peronismo.
Muchachos, ese acceso tiene tanto tráfico como la ruta dos en el verano. No es difícil darse cuenta. Y el problema es todos los fines de semana, no solo en verano. ¿Qué tal si resolvemos el problema?, miren que un día la gente se va a avivar y va a dejar de votar al peronismo.
Bah, de eso último no estoy seguro. De lo que estoy seguro
es que ayer tuvimos una pesadilla al estilo Cortázar, y sobrevivimos.
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