miércoles, 27 de abril de 2016

La vuelta que nos cargamos a Gomes

(Algunos nombres de esta entrada han sido cambiados para preservar la identidad de los protagonistas)


Hace tiempo estoy con ganas de contar esta historia. Creo que fue el primer momento de rebeldía que tuvimos allá por los 80. Recién se habían prometido elecciones y aun no quedaba clara quienes serían aquellos que protagonizarían la contienda electoral. Por el PJ sonaba fuerte la candidatura de Luder con Bittel, aunque tallaba también Cafiero. En la UCR se daba por sentado la fórmula Alfonsín-De la Rúa, pero el viejo dijo “gano solo” y la fórmula termino siendo otra.
No importa, no es de eso de lo que hoy quiero hablar.
El año es claro, 1983. Seguro que por los meses de abril o mayo. Por algún motivo nos quedamos sin profesor o profesora de música. Llegó el suplente. No fue raro que entre sus antecedentes estuviese el de tener horas de clase en el Liceo Militar. Cercano al colegio, por los setenta los aprendices de soldados solían noviar con las chicas del Normal. Lo raro es que el hombre lo reivindicara con soberbia y valentía en ¡1-9-8-3! Se entiende que cincuenta adolescentes, imbuidos de las heridas cercanas de la guerra de Malvinas y los horrores que empezaban a conocerse, no fuesen un auditorio amigable para dicha soberbia.
El hombre entró con todo. Nos contó uno a uno. Cincuenta: “Señores, les voy advirtiendo. En mis cursos solo promociona el 10%, el 60% va a final y el 30% restante a marzo directo. No acepto ningún tipo de falta. Amonestaciones en ese caso. Shick, shick [juro que uso la onomatopeya que ya por entonces empezaba a difundir Guillermo Nimo]. A marzo directo [reiteró]”.
El terror se adueñó del aula. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué bicho le había picado a este tipo? El nuestro era un Colegio del Estado. Pero no era un Liceo Militar y el hombre pretendía que desfiláramos al son de la Marcha de Ituzaingó. Su mensaje fue violento. A destiempo.
Seguro lo comentamos en el recreo. De alguna forma había que sacarse de encima a ese tipo. En ese entonces, con más de dos materias previas no solo repetías de año, sino que tenías que irte del normal. Y cuarenta y cinco de nosotros ya teníamos, según la proyección, una materia previa.
Por primera vez fuimos rebeldes. Conseguimos (de nuevo, no sé como) ver a la Directora. Entiendan, hoy entrar al despacho del Director puede ser habitual. Cotidiano. Y en el 95% de los casos es para plantarse firme. No por rebeldía, por boludez. Pero entonces era entrar a un lugar sacrosanto. Estábamos en la dictadura todavía. Y no sabíamos que esa mujer que nos atendía, Pelleyro, se había jugado más de una vez por sus profesores. A alguno dándole trabajo, a otra negando que presente cuando la viniesen a chupar. Pero no lo sabíamos. En parte porque su trabajo era ese, que no lo supiésemos. En parte porque más de un preceptor te metía amonestaciones si te encontraba leyendo la revista Humor.
La Directora nos recibió. En realidad creo que el tema fue por otra cosa. Si, fue por otra cosa. Nos habíamos mandado un moco. Nos iban a cagar a pedo en grupo. No me piden que recuerde el moco. No lo recuerdo. Pero tuvimos cintura. Entramos con la seguridad de amonestaciones colectivas y salimos con un trofeo. Alguien sacó el tema (no, no fui yo). Y todos seguimos atrás. Planteamos que el tipo nos daba terror. Que nos parecía que “pedagógicamente” [sic] no era la manera. Que no podía prejuzgar. La mujer nos miró sorprendida, realmente. Dijo: “algo voy a hacer”. En paralelo, algunas madres se habían quejado, por la violencia ejercida por Gomes y por cierto dejo de misoginia explícita.
A la semana la preceptora nos presentó un nuevo profesor de música (o profesora). Gomes había renunciado. No supimos nunca más nada de él. Había estado en el lugar equivocado en el momento equivocado.
No quiero decir que este fue uno de nuestros actos en la lucha para terminar la Dictadura. No. No fuimos cruzados entonces. Otros se la jugaron de verdad. Pero si fue un acto colectivo, todos estuvimos de acuerdo, incluso alguno que pudiese adherir al Proceso. Pero sí que fue un granito de arena. Nosotros, los de entonces, nos cargamos a Gomes.

sábado, 5 de marzo de 2016

9-3-1986



Cuando estás en una reunión de amigos de tu misma generación se cae en el lugar común de las anécdotas que se dieron cuando eras chico. Hay cosas que no hacen falta explicar. Por ejemplo, si alguien pregunta que estabas haciendo el día que te sortearon para la colimba, no tenés que aclarar que era el servicio militar obligatorio, sino que enseguida contás: “Ese día nos sorteaban a tres de la división, Fabián, Sergio y yo, la profe de física nos dejó escuchar la radio, el primero en el sorteo era yo, pegué un salto cuando escuche 115, porque me salvaba y Silvio se me tiró encima para festejar, mi columna dio contra el respaldo del banco donde estaba sentado y el dolor me dura hasta hoy, pero noimportanadaporquemesalvé!!!!”.
Si te dicen “te acordás del gol de Maradona”, sabés que solo pueden estar hablándote de alguno de los dos que le hizo a los ingleses, en los cuartos de final del Mundial de México. Por un instante te quedás callado y tu memoria se va unos microsegundos al recuerdo de la única vez que te abrazaste con tu viejo, hombre distante y ausente, de pocas palabras, para gritar el gol que sellaba el campeonato unos días después. De paso, sos de los que das clases en una escuela de periodismo deportivo y les decís, un poco con orgullo y otro poco con saña, soy de los que vio a Argentina salir dos veces campeón del mundo.
Si nombran la ciudad de Viedma, enseguida sabés que se refieren a la capital que no fue. O si ponen un tema de Kiss, es de sentido común sonreír para adentro con un montón de chistes sobre pollitos y lenguas largas.
Pero en esas reuniones hay un quiebre. Un momento en el que el resto de tus contemporáneos trazan una línea imaginaria entre vos y ellos (aclaremos, siempre y cuando no hayan ido con vos a la escuela). Es cuando se empieza a hablar del viaje a Bariloche y vos, al pasar, para humillar un poco, decís: “yo fui dos veces”. Te miran. Saben de qué hablás pero quieren esquivar el tema. Saben lo que viene, pero tratan de evitar la envidia tirando un dardo envenenado “¿pero vos repetiste de año y pagaste dos viajes?”. En realidad te dan el pie: “Yo gané en Feliz Domingo” (acá es cuando tu mujer te mira diciéndote telepáticamente “que viejo sos…”. Pasaste en ese preciso instante a otro lugar. Estás en un podio. Vos, que nunca ganaste nada, ni un premio en una kermese, algún que otra dos cifras o un pleno en el casino, sos el héroe de esa noche. Sin que quieran escucharte, te mandás:
“Claro, fuimos dos veces. Uno que pagamos en cuotas, desagio mediante, era la época del Plan Austral, viste (otro día les cuento como nos cago Río de la Plata igual con las cuotas, tengo guardada la tablita que hice para demostrarlo, pero no me dieron bola…), y además competimos. Dos veces nada más, pero competimos. Todavía Soldán no pegaba el saltito cuando ganabas. Tampoco creo que preguntó cuántos éramos antes de que Verónica meta la mano en el cofre y saque esa llave que la convirtió en héroe de todos esa semana (como Masche, viste), imagínate, éramos 61 más dos acompañantes, 63, si ni entrábamos en un solo micro, hubo unos cuantos que se sacrificaron voluntarios y se subieron a otro. Todo el hotel (de mala muerte, pero que importa) para nosotros, más un colado, el Cata. Uno que había terminado el año anterior y le decíamos Cata porque se apellidaba Verga, después se lo cambió al apellido. ¿Si el servicio era bueno? Una garcha en verdad. Comíamos en el Bariloche Center, ese edificio horrible que hay en el centro. Milanesas que parecían hervidas, unos arrollados que tenían la consistencia y el color de un chicle Bazooka de banana. En el viaje de ida el micro se quedó en medio de la ruta, Pablo, mi mejor amigo nos juntó a todos e intentó mostrarnos el Halley. No vimos una mierda, claro, pero le dijimos que sí, sí, ahí está. Un poco por creer viste. ¿Nunca se te ocurrió que la Patagonia era el lugar ideal para un capítulo de Expedientes X? Jajajaj, allá un día fuimos a patinar sobre hielo. Un desastre. Pablo se fue, de la bronca que tenía de caerse. Yo creo que iba agarrado de una baranda. Sabés que el discurso de Alfonsín del traslado de la Capital lo vi ahí. Estaban como locos los del Hotel. No lo podían creer: Al sur, al frío les decía el viejo y más de uno lagrimeaba. La piba que estaba sentada al lado mío, radical ella, decía ‘lo amo’, repetía como un karma. Claro, era radicalismo por cien años, que ibas a saber que al año el turro de Rico nos iba a escupir el asado. No sabés, nos quisieron cagar con la foto. Y con el boliche. Ahí salté yo. Nos querían vender entradas para Grisú a cambio del boliche que tenían que darnos por contrato. A mi que me importaba Grisú, si nadie me daba bola, eso de los reservados sobre el lago era para los que ganaban. Mi sentido de justicia iba más allá. Al final nos dieron una entrada libre a un boliche que estaba en ¡el Bariloche Center! Jajaj, en el 98 fui de nuevo, era una wiskería berreta, en un viaje que hicimos con un rep de Prentice y el librero, el papá de Guille. Los partidos de pool que jugamos ahí… Pero ese día en el boliche un par de pibas y Roy perdieron la tarjeta de los tragos. Querían hacerlos pagar por toda la tarjeta. Ahí de nuevo, a quien llamaron, a mi… media hora discutiendo y al final nos dejaron salir… el boludo de Roy encontró la tarjeta al día siguiente, jajajaj, lo queríamos matar. Decí que después salvó que nos cagaran con la foto. El fotógrafo no aparecía el último día. Si la foto grupal. La noche anterior nos recorrimos todo Bariloche buscándolo. Otra te cuento, no es del viaje. Es del programa. Fuimos dos veces al programa. Ja. En la primera nos cagaron. En dos prendas nos cagaron. Competíamos en esa que tenías que mostrar lo que sabías hacer. Yo sé, era. Hicimos una coreo re buena. Una piba tocaba el piano y Roxana se metía en una bolsa y bailaba. Lo re ensayaron. Casi que un número del Di Tella era. Ah, no sabés que era el Di Tella. Justo estoy editando un libro sobre eso, después te cuento. Ahí nos cagaron. No ganamos y perdimos en otras dos, en una nos hicieron trampa y no quisieron pasar la cinta. Después mandaron a las chicas a jugar al fútbol. Les hicieron cinco. El referí era Nimo!!! Me dijo Nimo, sale campeón River. Pero nosotros estábamos recalientes y nos fuimos puteando por Gelly hasta el Pumper de Florida. Que bronca. Eso fue en enero. Éramos pocos, casi todos estaban de vacaciones. Yo había preparado una prenda, sobre cine. No, no había internet…, me fui a un video a ver el dorso de las películas para saber los actores…. Bueno, yo quedé recaliente. No fui al segundo programa. En marzo. Sabés que ese día salió campeón River. Tres le hicimos a Velez. Jugaban Enzo, Alonso y Morresi. No hubo otro equipo como ese, eh. Ja, a la fecha siguiente le dimos la vuelta a los bosteros en la bombonera. Me imagino a Angelito tapándose la nariz y lagrimeando desde el cielo. El día de la pelota naranja fue.  Pero la cosa que al segundo programa no fui. Me había puteado con Gago, el productor. Estaba ofendido. Pero ese día estaba en lo de mi abuela. Se vino Sergio a comer pizza y ver el final. Habíamos llegado a la final. Sabés la pizza que hacía mi abuela. Con la masa de la esfiga la hacía. ¿Cómo que es la esfiga? El Fatay, la empanada árabe. Del Líbano era Rafaela, no de Siria. La cosa es que mis viejos se habían ido a Gessell y yo estaba con mi abuela. Vino Sergio y nos hizo pizza. Te juro que pienso como cocinaba mi abuela y lloro. Como con la escena de la peli de Disney. Cuando le estaba por tocar a Verónica me pare, salí de atrás de la mesa y dije ‘me pongo acá para festejar’. La tenía reclara, iba a agarrar la lleve que abría. Ja. Fabi que estaba ahí dice que le dijo 'agarrá esa, agarrá esa'. Lo que salte y grité. Jajjaajaj. Lo llamamos a Pablo en seguida. No aparecía por ningún lado. Nos fuimos corriendo a Retiro. No sé por qué pensamos que íbamos a festejar en el Pumper de Florida. Viste, no había celulares, en el medio del quilombo del festejo del programa alguno tiraba ‘nos juntamos en la puerta del colegio para festejar’ y ahí iban todos. Pero nadie tiró nada. Nos fuimos a Retiro. No había nadie. Arrancamos para San Martín. No se como caímos que seguro se festejaba en lo de Roxana. Claro, el colegio era de San Martín, obvio. Un cole público, como el Nacional, pero de San Martín. Re groso era. Alfredo Bravo había ido ahí. En la zona de Urquiza, Devoto, no había buenos secundarios, entonces iban todos para allá. Yo no. Yo me había mudado a Urquiza desde San Martín y seguí yendo… Sabés que al domingo siguiente fuimos a recibir el premio. Obvio. Yo que estaba enojado volví como ganador. SI Gago me dio la copa de Champan. El que había puteado un par de meses antes. Jjajaj. Debería recibir mil puteadas por día. Pero no termina ahí la cosa. ¿Sabés cómo se llama mi mujer? Gago! Lo primero que le pregunte el día que la conocí fue si era familiar!!! Nada que ver. Bah, creo que hay una sola rama de Gagos. Si hasta el de Boca es primo lejanísimo…”
A esta altura ya te miran raro. Quieren que cambies de tema. Pero saben que perdieron. Que esa noche ya fuiste el distinto de la reunión. Tratan de empardarla contando que uno fue al show de Carlitos Balá u otro que fue a ver a Queen. Pero nadie lo logra. Hasta que uno salta y marca la diferencia: “Vos ganaste dos veces, pero sabés que, yo fui coordinador de viajes”. El eje cambió. Ese pibe pasa a ser Gardel.

viernes, 19 de febrero de 2016

El Nombre de la Rosa

En 2011, gracias a la generosidad de Juan Manuel Romero y Rodrigo Andrade, realicé una columna para hablar de libro en un programa que se emitía por las mañanas en la Radio de la Universidad de Buenos Aires.
La primera de las apariciones que hice en mi "retorno" a ese medio (mis primeras y únicas aparciones fueron en una radio por cable en la localidad de San Martín en el año 1986 durante un par de meses los sabados por la mañana) fue sobre una reedición que estaba pensando Umberto Eco sobre su clásico, El Nombre de la Rosa. Si, todos vimos la película, pero casi "nadie leimos" el libro.
Aquí transcribo el borrador de la columna de ese día.


Esta columna está pensada para descubrir y charlar sobre las novedades editoriales y del mundo editorial en nuestro idioma.

Todas las semanas nos encontraremos en “Un día en la UBA” para disfrutar del mundo de los libros.

En algunos encuentros presentaremos novedades editoriales y en otros,  información sobre la industria editorial.

No podíamos empezar de otro modo que no sea con la noticia editorial de los últimos meses. La reescritura de un clásico de la literatura moderna: “El Nombre de la rosa”. El thriller medieval escrito por Umberto Eco, que cuenta la investigación cuasi policial que hace el franciscano Guillermo de Baskerville en un monasterio de la edad media, es sin duda uno de los libros más conocidos de la segunda mitad del siglo XX.

Vale la pena aclarar, sin temor a equivocarnos, que su popularidad se debe en gran parte a la película que a finales de la década del 80 fuese protagonizada por Sean Connery (y que le permitiera al actor despegarse definitivamente de su personaje de James Bond), dirigido por Jean Jacques Annaud. Era lugar común por esos años la frase “El libro me gustó mucho más que la película”, en algunos casos comentario sincero y en otros profundamente snob de personas que jamás se habían acercado a dicho texto. Y aquí vale aclarar que me caben las generales de la ley. No leí por entonces el libro y la película me convenció a medias.

Mis caminos de lectura fueron esquivando a Eco, tanto al novelista como al ensayista. Sin embargo es necesario reconocer que es uno de los referentes fundamentales del siglo XX en ambas categorías. Incluso a nivel educativo. Nuestros alumnos de la UBA, sobre todo aquellos que deben presentar tesis de graduación a nivel de grado o de postgrado, han tomado como referencia un texto pedagógico fundamental que es “Como hacer una tesis”.
Lo que nos interesa destacar hoy es la discusión sobre la potestad del autor a reescribir su novela. En los últimos días encontré opiniones fundamentalistas sobre la cuestión. Muchos editores e intelectuales se han opuesto a la movida de Eco, reduciéndola a una mera estrategia de marketing. La respuesta de Eco no se hizo esperar: "Si alguien escribe un libro y no se interesa en la supervivencia de ese libro es un imbécil".
Eco, y cualquier escritor tienen el derecho de reescribir su obra. Más allá de si su intencionalidad sea vender más ejemplares (sin duda lo es), el escritor es dueño de su obra. ¿Acaso en el género ensayo no es habitual encontrarnos con fajas o avisos en tapa que hablan de edición definitiva? (cuando muchas veces sabemos que en unos años nos encontraremos con una nueva “edición definitiva” para el mismo título).
No pretendemos hacer hincapié hoy en el marketing editorial que sin duda será tema de una próxima columna. Pero si quiero celebrar esta decisión de parte de Eco, más allá de si fue a propuesta de su casa editora o de su propia intencionalidad.
Eco puede situarse por arriba de estas discusiones. Y ofrecer un nuevo producto a una nueva generación de lectores (que pueden estar acostumbrados a leer largas novelas, desde las de Harry Potter hasta las de Ken Follet o de Wilbur Smith), pero que también prefieren textos más llanos y directos a la hora de encontrarse con la lectura. Lectores que poco a poco cambiaran el formato de lectura y pasarán a hacerlo en una pantalla.
Seamos un tanto indulgentes, así como celebramos la genialidad de Alfred Hitchock para plagiarse a si mismo para entrar al mercado americano con sus películas, o le permitimos a Riddley Scott estrenar el corte del director de Blade Runner, que convirtiera una película maravillosa en un bodrio inentendible, pensemos que alguna vez los editores también pueden tener una mirada profesional del mercado del libro y detectar el gusto aggiornado de los nuevos lectores. Para ello, bienvenida entonces la nueva edición de “El nombre de la Rosa”, y del reconocimiento que hace un autor de su público: "Si alguien escribe un libro y no se interesa en la supervivencia de ese libro es un imbécil".