sábado, 24 de octubre de 2015

Fin de fiesta



Todas las familias tienen sus historias. Se cuentan de boca en boca, tergiversadas por los años. Trascienden generaciones y van malformando su génesis. Las hay divertidas, las hay tristes y las hay juzgables. Cuenta la leyenda familiar que los suegros de mi padrino ganaron la Grande de Navidad una vez. Cuanta la leyenda que mi padrino, sabiendo que alquilaban una vieja casa chorizo en la zona de Urquiza y, que como venía la mano alquilarían el resto de su vida, empezó a buscar casa para que compren y se muden. En tanto el tano iniciaba su noble gesta, sus familiares políticos iban gastando la plata. Que juegos para los chicos, que alguna comilona, que algún regalo a los vecinos “de siempre”. Cuanta la historia que al poco tiempo ya eran pobres de nuevo… y sin techo propio. De nada valieron los esfuerzos de mi padrino subido a su motoneta recorriendo posibles moradas.
El 27 de abril a la noche, mientras llegaban los rápidos resultados de la elección más rara que tuvimos desde el regreso a la democracia en1983, lo tuve claro. Serían años peores a los de Menem. A los pocos días, cuando la lista de invitados a la asunción del mando de un presidente que no había salido nunca del país incluyó líderes de dudosa calidad democrática como el viejo dinosaurio cubano o el del venezolano que encabezó un golpe de Estado en Venezuela, terminé de convencerme. “Son peores que Menem” le dije a mi mujer.
Tal vez en mi afirmación había influido un por entonces reciente viaje a Calafate, en 2001, su ya “lugar en el mundo”. Aclaremos el por qué. Suelo sentirme maltratado cuando hago turismo en Argentina. Los servicios son en general mediocres y caros. En ese contexto nunca me sentí más maltratado que en ese viaje a Calafate. Pero en ese viaje, además, pernoctando en una estancia ovejera en medio de la hermosa Patagonia, escuche por primera vez hablar de los “fondos de Santa Cruz”. Todavía gobernaba la Alianza.
Pronto descubrí que era lo que me caía tan mal de la pareja presidencial. El “parecer”, es decir eso de mostrarse como No son (o eran, en el caso de Kirchner). No dejás de ser millonario porque usas una Bic para firmar decretos. En ese caso sos amarrete. Y si simulás humildad para, en paralelo, con información privilegiada, continuar haciéndote millonario, además sos corrupto.
En tanto comenzaron a circular los rumores con el tema de la 1050. Para los jóvenes, antes de googlear, la 1050 fue una circular del gobierno militar que indexaba los créditos hipotecarios de manera tal que nunca terminabas de pagarlos a la vez que tu propiedad perdía valor frente a la deuda. Si vendías tu casa no alcanzaba para pagar el crédito que habías adquirido. Algo parecido a las “hipotecas tóxicas” que se llevaron puesto tres décadas después al gobierno de Bush. Para el gen de los Kirchner era un escenario precioso. Abogados de los acreedores en el sur, negociaban con el pobre desdichado presto a ser rematado y por unos pocos mangos se quedaban con sus propiedades. Así forjaron su exitosa profesionalidad.
Nunca me gustaron los usureros. En la parada de diarios de mi papá, esperaba siempre el del Hospital, a los empleados que había cobrado momentos antes su salario y los interceptaba para que no se escapen.
A poco de andar, aparecieron los primeros arribistas. Si en la secundaria eras el preceptor que en los ochenta ponías amonestaciones al que leía Humor, hoy te ponías a bancar el proyecto. Si en los ochenta repartías volantes con viñetas contra el aborto, hoy bancabas al proyecto. Si en 1987 te quedaste en casa festejando semana santa porque “la familia” es lo primero, hoy bancabas el proyecto. Si en diciembre del 88 cuando realmente parecía que todo se derrumbaba, preparabas el vittel tone y ni mirabas la televisión, hoy bancabas el proyecto. Si en el 83 votaste a Luder porque, entre otras cosas, te parecía bien la autoamnistía militar, hoy bancabas el proyecto. Llegaron los noventa y te pasaste la década viajando por el mundo. Conociste Nueva York y Londres. Fuiste al pueblo de tus abuelos en España o Italia y te ibas de vacaciones a Grecia porque era más barato que Mar de Ajo. No te importaron los indultos porque había que cerrar la puerta a la memoria. Estuviste a tiro y cobraste alguna de las tantas indemnizaciones que inventó el turco. Lo votaste dos veces. No una. Dos. Vos que habías ido a las dos ferifiestas y tirado bolas contra la figura de Reagan en papel maché, lo votaste dos veces al turco. Claro, la guerra fría había terminado. En las intermedias, para descontaminarte un poco, lo votabas a Chacho. Eso te hacía sentir mejor. Pero ahora llegaba el turno de tu propia autoamnistía. Llegaban los pingüinos. Y hacías borrón y cuenta nueva. Así como no existía el pasado para ellos, tampoco para vos. Y que más lindo que vivir sin pasado. Sobre todo cuando tu mayor acto de resistencia fue ir a ver “Tango feroz” a un cine del centro. Ah. La adolescencia tardía. Todos queremos volver a ser adolescentes. Y el kirchnerismo nos ofrecía un De Lorean al pasado en bandeja. Ahora te emocionabas cuando aparecía un nuevo nieto. Cuando antes no sabías ni que existían las abuelas. Ahora despotricabas contra el Imperio de Obama. Cuando antes ni sabías que en plena primavera democrática un señor de bigotes guardo el discurso que tenía preparado y le cantó las cuarenta a Reagan en los jardines de la Casa Blanca. Ahora te emocionabas porque “bajando un cuadro creaste miles”, mientras en los noventa dejabas de mandar a tus hijos a la escuela pública porque “los paros, viste…”.
Si me preguntan por qué me irritaron tanto estos años no se si tengo una razón específica. Es un poco de todo eso. Tal vez me moleste que en los ochenta dejé pasar parte de mi adolescencia para aportar un mínimo granito de arena a esta democracia que tenemos, mientras la mayoría de los que banca este proyecto te miraba con cara de “vos te metés en política? Tené cuidado…”. O tal vez es que me molesta cuando algún alumno me increpa “Ud. lee ese diario?”. O tal vez porque mientras marchábamos contra la sanción de la Ley de Educación, la aun hoy presidente la votaba a libro cerrado (como tanto le gusta a ella).
Son pequeños y grandes detalles.
O tal vez es la oportunidad perdida. Nunca facturamos tanto como país como en estos años. “No fue magia” se tatúan algunos. “Fue soja y suerte”, dicen en realidad los que saben. Pero como en la familia de mi padrino, la magia se terminó. Baja el telón y queda el saldo de la fiesta. Lo vas a pagar votando a Scioli. Mientras la jefa se va a cuidar el jardín a Calafate.

sábado, 26 de septiembre de 2015

El pionero



“Tengo mucho moco má, me das un pañuelo”
“Para qué?, si te vas a jugar a la agronomía, llévate trapos del taller de la abuela, úsalos y tiralos”
En mi infancia, usar trapos para pelearle a la sinusitis crónica que todavía hoy me persigue, era lo normal.

“Má, me avisaron en el cole que si mañana no llevo el pelo corto no entro”
“No tengo tiempo, andate a lo de Hilario y que te recorte un poco”
“Pero má, es una peluquería de mujer”
“No importa, nadie se va a dar cuenta”
Ir a la peluquería de Hilario (uno de los primeros transformistas que se animó en Argentina), cortarse y contárselo a tus dos mejores amigos del colegio (Diego y Fernando, si están leyendo esto, no saben el trauma que generaron) y que estos se lo cuenten a las nenas más lindas del grado no fue una buena decisión. Corrían los setenta y yo cursaba el quinto grado de la escuela primaria.

“Tía, esta remera es roja, es de mina”
“Ponetela igual, nadie se va a dar cuenta”
“Pero abrocha al revés”
“Nah, ni ahí, usala, la que trajiste está sucia”
Quedarse a dormir en lo de tu abuela, siendo adolescente y no tener ropa para ir a trabajar al día siguiente y que tu tía tuviese una boutique femenina, no era cool en los ochenta.

Hoy diría que fui un pionero. En el uso de Carilinas (en los setenta lo descartable estaba solo permitido para millonarios). En los servicios de la peluquería unisex (solo en la manzana de mi casa, en Palermo, hay unas seis peluquerías… unisex). Y en imponer modas andróginas.
Pero todo eso me genero traumas que me perduran. O lo hicieron hasta hace unos días.
Me levanté temprano, llevé al jardín a Felipe y volviendo decidí tirar el viejo paraguas negro. Ya no aguantaba ni otra llovizna. Me crucé a Farmacity. Compré uno re masculino. Volví a casa. Tomé un par de mates con Paula y salí a la reunión más importante del año protegido por mi nueva adquisición. Subí al subte. Me acomodé y ahí lo vi. Violeta, con puntitas blancas y volados. Había agarrado el de Paula. Bajé del subte y no lo tiré en el primer cesto que me encontré. Crecí. Me di de alta sin nunca haber hecho psicoanálisis. Definitivamente, en mi infancia fui un pionero.

sábado, 12 de septiembre de 2015

Una noche en los noventa



“¿Salimos el viernes?”, preguntó él/ella.
“Tas loco/a… hay escrutinio en Derecho”, respondió él/ella.
“¿Y el sábado?”
“Tampoco, se escruta el consejo de veterinaria, si ganamos ahí nos aseguramos la FUBA…”.
Para él/ella que no militaba, era muy chino todo esto. Sonaba a excusa y la relación iba francamente al fracaso. Seguro que de esas parejas no salieron hijos.
Los noventa pasaron. Muchos pensaron que como “contra Franco, contra Menem estábamos mejor”… Pasó la Alianza y pasó el “Padrino”. Más de uno creyó que los principios reformistas se consagraban con ese desprolijo que viene del Sur. Y claudicó. Otros que el sello “ya no sumaba” o era “yeta”.
Pero como en la pequeña aldea gala que resiste al imperio romano gracias a una poción mágica, un grupo de pibes que en los noventa no habían nacido y que en el 2002 estaban en salita de tres, tomó la posta y fue pasando el nombre de generación en generación.
Puede que lo hayan discutido. Hubiese estado bueno presenciar esa discusión. Entender por qué, pese a que iban a perder mil elecciones, decidieron seguir bancando la sigla, la mesa, el número de lista y la bandera.
Debe haber sido duro patear los pasillos en 2003. Y en 2004, en 2005 y así. Debe haber sido difícil en 2011. Y en 2015. Cuando incluso se pusieron firmes contra la decisión de la convención (decisión con la que, aclaro, estoy de acuerdo).
(Entré a militar en el año 87, apenas empezaba a cursar la carrera de Ciencia Política, en medio de una huelga docente y un par de semanas antes de la derrota legislativa de ese año. Dos meses después se perdía derecho por primera vez. Yo me anoté en esa facultad solo para votar, ya que las materias del CBC eran las mismas. Lo hice durante algunos años y llegué a cursar un par de materias que incluso me sirvieron para recibirme de la mía).
Los de entonces ya no son/somos los mismos. Están/estamos gordos, pelados y los que no, pintan canas o son una combinación de todo eso. Particularmente no conozco a ninguno de los de ahora. Algún que otro apellido familiar, por tradición partidaria o por herencia generacional. Pero sin conocerlos, estos pibes que veo hoy en los Vine que suben a Facebook, me hicieron emocionar.
Porque como cuenta Ricardo Laferriere: “…en los días finales de mi función como Embajador en España, un grupo de graduados argentinos residentes en Madrid me organizan una reunión de despedida. La Argentina vivía las dramáticas turbulencias de diciembre del 2001. Allí me encuentro con un catedrático español que me comenta su admiración por nuestro país. Extrañado —porque lo usual en esos días no eran precisamente halagos— le pregunto la razón. “Es sencillo —me dice— vengo de un viaje al norte de tu país, que recorrí en automóvil alquilado para conocer la Argentina real, no la preparada para turistas. En una solitaria ruta sin pavimentar de Jujuy, rumbo a un lugar alejado en la montaña, veo a un coya con su atadito al hombro, pobre de solemnidad, haciendo auto-stop. Me ofrezco a llevarlo, y me cuenta que volvía a su ranchada, a 40 kms en la montaña, donde no llegan los ómnibus. Había venido hasta Salta, ciudad que conoció en ese viaje, para asistir al acto de graduación de su hija, recién recibida de Ingeniera Industrial, en la Universidad Nacional de Salta. Y eso, mi querido Embajador, en Europa no se consigue”. “Eso” —pensé entonces— es por la Franja, y por generaciones de reformistas que, con sus idas y vueltas, aciertos y errores, no cejaron nunca en su lucha por “una Universidad Nacional abierta al pueblo, y a su servicio”.
Gracias chicos, hoy a muchos que seguimos anoche el escrutinio por twitter, nos hicieron un poquito más felices.