martes, 17 de marzo de 2015

Un voto de izquierda, un voto de derecha... son dos votos



Alfonsín apeló al electorado extrapartidario para que se afilie y ganar la interna partidaria en 1982-83. En la elección general, un amplio conglomerado de votos de centro, centroderecha, centroizquierda y peronista, sobre todo de clase media, le dio el triunfo electoral.
Cuando llegó al gobierno las mieles socialdemócratas se imponían desde hacía unos años en Europa. Alfonsín, que no era un hombre muy viajado ya que recién en la década del setenta había salido por primera vez del país, si había estado de gira previamente a ser presidente. Al menos mucho más que Néstor y Cristina Kirchner cuando llegaron en la década del 2000 al poder (en eso hay que darles la derecha, no supieron aprovechar la convertibilidad para conocer la Torre Eiffel).
A partir de la primera elección de medio término en 1985, mantuvo cierta base electoral que le permitió ratificar su liderazgo, aunque perdiendo unos diez puntos porcentuales en el camino.
Para 1987 la economía ya había hecho su faena, y en una reñida elección, perdió la mayor parte de las gobernaciones (excepto Córdoba, Río Negro, Capital y Tucumán, en esta última el colegio electoral le birlaría el triunfo).
En 1989 intentó recrear la alianza electoral, basándose en una fórmula claramente de centro derecha, vetando la fórmula Caputo-Barrios Arrechea que los jóvenes (no tan jóvenes) de la Coordinadora quisieron promover.
En 1991, Menem ganó sin sobresaltos la elección de primer medio término (el mandato presidencial duraba entonces seis años), lo mismo sucedió en 1993. Esos triunfos sucesivos le dejaban el camino allanado para imponer una reforma constitucional al uso peronista.
Contra el sentir de la base electoral que aun le quedaba al líder radical, contra la militancia partidaria, sobre todo la juvenil y la rama estudiantil (que enfrentaba exitosamente al peronismo en el único segmento donde no pudo hacer pie, la Universidad) y de la dirigencia partidaria, Alfonsín forzó un acuerdo partidario con el Demonio.
De esa manera perdió el poco capital simbólico que le quedaba. Al menos de cara a la sociedad. La elección de convencionales constituyentes y la presidencial de 1995 fueron un paseo para el peronismo unificado (en la convención convivieron mansamente Néstor y Cristina con Eduardo Menem y tantos otros personeros menemistas). Así y todo, Alfonsín comanejó la Convención Constituyente en tándem con Eduardo Menem, Corach y Bauzá, como bien lo cuenta su biógrafo Oscar Muiño.
En 1997, una Alianza contra natura y contra el tiempo, impuso la unión del radicalismo con ese engendro político intelectual que fue el Frepaso. Alfonsín, de nuevo contra lo que pensaba y quería mucha de la militancia partidaria, forzó esa Alianza.
La historia hizo que De la Rua llegue a presidente. Y así como llegó, se fue. El 2001 y el 2003 encontró al radicalismo perdidoso. La historia de 2003 pude ser diferente, pero una vez más la ya débil muñeca del líder partidario fomentó una fórmula espantosa que ni él debe haber votado. Lo sucedido en las elecciones internas de 2002 no tiene nada que envidiarle al peronismo de los tempranos ochenta.
En 2007 poco podía ya hacer para que medio partido, básicamente aquellos gobernadores e intendentes con poder, se dejen seducir por la posibilidad de acceder a cargos nacionales. Allá fueron Cobos, Eseverry, Posse y tantos otros. Así volvieron la mayoría de ellos. El kirchnerismo no comparte el poder. Es exclusivo. La frase que acuñara el Perro Verbitsky para referirse al menemismo, “Robo para la Corona”, se parafrasea en este caso como “Roba solo la Corona”.
El radicalismo siguió perdiendo electorado, por derecha e izquierda, pese a que algunos quisieron ver en las tristes performances de la fórmula Lavagna-Morales en 2007, o Alfonsín (h)-González Fraga en 2011, cierta recuperación de la base electoral.
Panebianco divide el esquema de votantes de un partido político como si fuesen círculos concéntricos. Son cuatro: en los círculos exteriores están los votantes (aquellos que siempre votan al partido), después vienen los afiliados (entre los que podemos ubicar la categoría que nosotros llamamos periferia), más cerca del centro se ubican los militantes (aquellos que sostienen la vida partidaria todos los días) y en el centro están los dirigentes. Estos manejan la información y los recursos del partido. Y entre estos recursos están los incentivos que pueden repartir. Incentivos selectivos (los reciben en general los militantes y los afiliados, este el partido en el gobierno o no), e incentivos colectivos (las políticas públicas que beneficiaran sobre todo a la base electoral).
El radicalismo en el gobierno (1983-1989 y 1999-2001) fue bastante mezquino a la hora de distribuir incentivos colectivos entre su base electoral. Más bien hicieron todo lo contrario, perjudicando la base electoral de clase media (Ahorro forzoso, retenciones en 1988, tablita de Macchinea en 1999 y corralito en 2001). Pocos partidos son tan crueles con su base electoral.
La dirigencia radical actual hizo una jugada coherente con la del primer Alfonsín. Ese que en 1982 se desentendió del militante y votante radical clásico y se decidió a conquistar una base electoral.
Perdida la base electoral, pero identificada geográficamente, va en su búsqueda. En el camino queda la militancia. Comparativamente con el Alfonsín de 1994, fueron moderados. En esa oportunidad el Viejo dejó en el camino a la militancia y a la base electoral.
La jugada es riesgosa. Puede salir mal. Pero si sale bien el radicalismo habrá recuperado parte de la base electoral, y tendrá recursos para generar incentivo selectivos que hagan volver a la militancia. Es dable advertir, igual, que las cosas saldrán bien si el radicalismo (o la alianza que integre) gobierne repartiendo incentivos colectivos para contener su tradicional base electoral.

viernes, 27 de febrero de 2015

Lo que Graduados no mostró



Tarde pero sincera al fin, corresponden algunos comentarios sobre la tira que Telefé emitió, producida por Ortega y Cullel, en 2013. Sobre todo teniendo en cuenta la nostalgia que generó entre muchos de los que vivieron su juventud o adolescencia en los años ochenta.
Cabe destacar que es una comedia, como sus productores todo el tiempo plantearon. Pero en ese amparo, la comedia no quiso mostrar lo que realmente fueron los ochenta.
Para empezar, Graduados no mostró (o no quiso mostrar) que la clase media e incluso la clase media alta (a donde pertenecen varios de los personajes protagónicos) en los ochenta (y hasta bien entrados los noventa), mandaba a sus hijos a la escuela pública. Y se enorgullecía del ascenso social que esta podía generar en sus hijos. Graduados prefirió representar a los estudiantes ochentosos como una caricatura de la caricatura Porkys.
Graduados no mostró (o no quiso mostrar) que en un gran porcentaje, los estudiantes de esa década estuvieron politizados, atravesados por la herida de la guerra de Malvinas, la transición a la democracia o las pasiones que despertaba Alfonsín en los sectores juveniles.
Graduados no mostró (o no quiso mostrar) que la década del ochenta estuvo atravesada por el fin de la guerra fría y los temores sociales que esta generaba, incluso en la escuela o en los consumos culturales.
Graduados no mostró que hubo unos señores que decidieron enjuiciar a los malos. Que tuvieron miedos, temores y, seguramente, hasta se equivocaron. Pero que se plantaron y pusieron en el banquillo y enjuiciaron al mal absoluto. Cuando el mal absoluto todavía caminaba soberbio por la calle. Cuando todavía mataba. Cuando todavía tenía robados a los hijos. Podría haberlo mostrado en un fotograma que reflejara de costado un televisor. Pero no lo hizo (ni quiso hacerlo, porque era una comedia).
Hoy uno de esos tipos que se plantaron de frente al mal absoluto se murió. Lamentablemente una generación de pibes que nacieron en los noventa ni saben de quien hablamos, entre otras cosas porque Graduados prefirió quedarse con la versión de la historia que empieza en 2003.

PS: Mientras termino de escribir esto, también leo que murió Leonard Nimoy. Larga vida y prosperidad para los buenos, porque alguna vez también ganan.

viernes, 20 de febrero de 2015

No me interesa ser latinoamericano

En 1982 se publicaba una revista de la editorial Perfil que se llamaba Libre. En uno de sus primeros números salió un artículo de un periodista que hablaba de Latinoamerica y, en pleno idilio con nuestros nuevos amigos Cuba y Nicaragua, se oponía a que nos parezcamos a Latinoamerica. Hacía incapié en la pobreza que se veía por las calles y en las fealdades que eso significaba. Obviamente, pendejo progreadolescente, me infigné con dicha nota. "Como no podemos ser latinoamerica, que tiene de malo"?. Nunca volví a ver dicho artículo (si alguien lo tiene me gustaría me lo pase). Pero hace al menos veinte años que coincido con cada uno de sus renglones, puntos y comas.
La Nicaragua que amábamos por esos años resultó ser una parodia del personaje del Negro Olmedo.
Cuba siguió fusilando mientras García Marquez se hacía el boludo (me parece que le salía bien, todo por salir a pescar con Fidel). Venezuela, ese país que no había tenido golpes de Estado, refugio de muchos exiliados, se convirtió en una farsa demagógica, donde el petróleo se regala pero no tienen papel para limpiarse el culo. En Bolivia se legaliza el trabajo infantil (si, un status quo previo a la Revolución Industrial). El lider del PT en Brasil no sabe como tapar los negociados de sus hijos multimillonarios. Algo parecido le pasa a la presidente de Chile, aunque rápida de reflejos se sacó de encima el problema. Y así todo. No, no me gusta ser Latinoamericano.

sábado, 10 de enero de 2015

Leyendas Urbanas



Muchas son las leyendas urbanas que atraviesan ciudades, culturas y generaciones.
Está la de la chica que baila en el boliche, se transa al pibe y este la acerca hasta la casa, casualmente frente al cementerio. Da escalofríos pensarla cuando todos sabemos que en realidad la “chicanoestávivayelpibenolosabehastaquepreguntadiasdespueésporella”.
Está también la de la piba que debuta en Bariloche, o el pibe (es indistinto según quien la cuente) y al día siguiente recibe una rosa negra con la frase “Bienvenido/a al mundo del SIDA”.
Pero hay una que escuché de chico y que hacía mucho no recordaba: El pibe, fanático de las calesitas, que se sube al caballo de la misma y es picado por una serpiente que bajó por el río y se refugió en el interior del mismo.
Supongo que esta última la usan los padres para que sus hijos pequeños dejen de ir a la calesita, entretenimiento barato aun hoy en día, seis pesitos y te dan boleto (sirve a la vez para que los más chicos sepan que es un boleto capicúa). Medio cruel me parece.